miércoles, 5 de diciembre de 2007

Con la inteligencia por fuera (Miércoles 5/12, circa 9hs.)

Flaca, muy flaca. Vestida con cierta particularidad: camisa de un decidido verde, cerrada hasta el ultimo botón (el cuello y la cabeza parece flotar dentro de ella), pantalón escocés gris y rojo, una cinta atada en la coronilla que le sostiene los cabellos (castaño oscuro) casi con descuido. Anteojos rectangulares en una cara armónica, en donde lo que más resaltan son los labios, casi perfectos en color, forma y contextura.
Sentada, de costado y en cuclillas en uno de los tabiques bajos del vagón (me siento al lado y se contrae un poco para no tocarme). Linda, No esa belleza exuberante o distante tan al gusto de hoy (y podrías haberlo sido) sino de otro estilo; más... intelectual.
Sí, eso es lo que parece. Porque más allá de lo que vengo diciendo, no advierto nada que pueda decirme algo de ella. No lee, lo escucha música, no juega con el celular (¿tendrá celular?). No hace nada más que mirar.
Pero no es esa mirada vacuna y vacía que se ve tantas veces. Del que no lee jamás, no tiene mp3 y el celular se le ha quedado sin baterías. Esa mirada estúpida y a la vez sorprendida de quien lo han dejado a solas consigo mismo, y no sabe qué hacer, de qué platicar con su propio yo. De quien no sabe quién es.
Todo lo contrario. Verla a ella no hacer nada es comprender, un poco, qué significaba la palabra “ocio” para los griegos. Ese descanso intelectualmente activo, lleno de vida interior, henchido de introspección fructífera, pleno del vivaz contacto con lo que nos rodea.
No hace nada pero mira (no ve: mira).
Lee el título de libro que llevo en la mano y me mira; llegamos a las estaciones y mira, estudia a las personas que entran, se mira las manos y piensa.
Sí, eso es: piensa.

martes, 4 de diciembre de 2007

Martes, 4 de diciembre ¿9:00 horas?

Llegan los de la canasta; esos que venden productos de la panadería de no sé dónde.
Ella, desde ese tabique alto que tienen algunos vagones, le dice:
– Esperá, te voy a comprar.
Llama la atención su voz. El tono y el timbre: sereno, pausado; seguro. Me llama la atención porque no condice con su aspecto.
Es bastante joven, rubia de piel muy blanca, aspecto aniñada. Lleva una de esas trenzas con piedras de colores y un collar de plaza de artesanos. Dos mochilas y un montón de papeles en la mano; apuntes. Seguramente una universitaria.
Por eso, ese tono pausado pero terminante, le queda extraño.
Su aspecto es el de la chica alborotadora, de la palabra estridente y casi gritada, mal modulada y peor pensada.
Elige, con calma, unos bizcochos. Paga.
El vendedor se complica con el cambio, se lo ve confuso, e inicia una protesta. Ella lo mira (sin enojo, casi inexpresiva. Pasan unos segundos de silencio).
– A ver –le dice en tono profesoral, –¿yo cuanto te di?.
El chico contesta, e intenta una nueva protesta.
– ¿Cuanto sale lo que te compre? –lo interrumpe, sin perder (¡sin perderlo!) el tono.
Él, vuelve a pensar y responde algo ya más tranquilo
– Entonces está bien –concluye, sentenciosa.
–Bueno, yo ahora te voy a dar cincuenta centavos para que me devuelvas justo... ¿está bien?–
El chico asiente, ya dócil. Recibe la moneda y le devuelve el cambio
– Gracias, muchas gracias, señora; que tenga un buen día, señora.
Y pienso. Sí, es cierto: señora.
A pesar de su edad, de su cara casi adolescente, de su vestimenta: señora.
Es que algunas mujeres (muy pocas) nacen con ese don.Se imponen con tan poco como una frase atinada, el tono adecuado, la mirada justa. Y, ante ellas, no hay discusión.

lunes, 3 de diciembre de 2007

3 de diciembre, circa 8:3º horas

Me gustaría, algún día, poder hacerlo al revés: volver desde Retiro en esta hora atestada.
Me pregunto cómo será alguien que espera el tren en Belgrano pensando en llegar a Tigre o San Fernando. No sé si por el contraste con mi situación de observador (aplastado en algún lugar de este tren que discurre hacia Retiro) pero el aspecto de ese hombre, fumando tranquilo en la estación mientras espera el tren a Tigre, me parece de una paz casi monacal.
Pantalón claro pinzado, chomba amarilla, zapatos también de tono claro; una vestimenta en la que ya se lee la distensión, su paz de obligaciones no demasiado apremiantes. Quizás por el influjo de su vestimenta (y, otra vez, del contraste con mi obligada corbata), creo atisbar en la distancia unos ojos apacibles, una mirada plácida, enmarcada entre la barba entrecana y la calvicie incipiente.
Pero seguramente mi impresión sea fruto de la eterna insatisfacción del ser humano. Aunque, igualmente, me gustaría que Belgrano no sea (como lo es hoy) la antesala de la ciudad que ocupa casi todo el día de mis días; la prefiguración de que el trabajo tiene que empezar. Me gustaría que fuera un lugar de espera de un tren tranquilo; un tren que, somnoliento, se aleje de la ciudad buscando el río. Y me lleve.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Viernes 30 - 8.30hs

Tienen sus métodos.
Y los hombres, inermes, caemos indefectiblemente.
Suben, los dos, en la misma estación (¿Martínez, Vicente López?). El tren, repleto, obliga a una proximidad mas allá de lo "adecuado".
Ella, pudorosa, pone su mochila para adelante; casta barrera para la conversación casi al oído.
Pero, graciosa paradoja, se levanta el pelo con una hebilla y deja al descubierto un cuello armonioso. Elegante, lo mira (él es bastante mas alto, casi le lleva una cabeza).
Él, más o menos de la misma edad. Vestido de “casual friday”; camisa rosa (algo gastada), pantalón pinzado. La mira (distraído en acomodarse entre la gente no advirtió la mise en scene de la mochila y la hebillar) y parpadea. Incómodo, traga, mueve la cabeza, sonríe, frunce el ceño, traga de nuevo. Empieza rápido, incontenible, una verborrea sobre cualquier cosa; lo primero que le vino a la mente, me imagino. Porque, ¿qué puede importarle a ella los beneficios de la banda ancha y la navegación con el celular?. Y, en efecto, ella contesta con desgano, casi con displicencia (y con lógica lapidaria)
-¿para qué la quiero?... yo no la usaría
Él se desarma, literalmente. Abre la boca, se encorva, traga (otra vez traga) y la mira, suplicante y desolado. Con una frase acaba de destruir su esperanza de una conversación sostenida hasta destino.
Entregado, se pone de costado, mirando a la ventana. Silencio.
Ella se impacienta, hace una pregunta (no alcanzo a escucharla). Él contesta, monosilábico. Ella intenta otra; misma reacción.
Finalmente, estación Belgrano.
Ella dice -chau. Nada más. Pero se pone en puntas de pie y le da un casto beso de despedida.
Él parece, entonces, reaccionar. Pero es tarde.
Ya se ha bajado.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Miércoles 28, 18 horas, aprox.

Mas bien petiso, cara angulosa. Vestido con descuido, casi de casualidad; oficinista por azar.
Saco azul gastado, pantalón gris, camisa blanca seguramente de mala calidad (¿tendrá bolsillos?), sin corbata. Un viejo portafolio azul con la inscripción "Microsoft" (pero no parece un informático). Pelo corto, algunas canas.
Nada trascendente. Salvo porque está parado de cara a la puerta (no a la que se abrirá en la estación, a la de enfrente) y apoya las puntas de los dedos contra el vidrio. Presiona, empuja, apuntala todo su cuerpo (flaco, esmirriado) contra las yemas de los dedos.
Mira; ávido. No intenta seguir con los ojos los objetos que pasan. Tan solo mira, fijo, el "afuera".
Parece ansiar ese afuera, ese lugar donde las cosas viven, tienen movimiento (corren escapándose de los trenes). Una única mirada anhelosa que, junto con esa presión de los dedos, parecen insinuar una esperanza de fuga, de sustraerse de este vagón inmóvil, impertérrito ante el afuera que escapa.
Lo veo: no soporta esta quietud bamboleante del tren.
En Belgrano no lo resiste mas (al menos, eso parece), se da vuelta y sale por la puerta que se abre; hacia el afuera, hacia la vida en movimiento.
Y a mí todavía me quedan mas de media docena de estaciones...
Toco el cristal con los dedos.

Martes 27, circa 20hs.

Tan evidentemente prototípico. Saco gris oscuro a rayas, impecable camisa blanca, alguna corbata celeste (¿porque ésta tendrá canguros?: recuerdo de un viaje a Australia, una predilección por estos animales; o solo imposiciones de la estética), celular última generación (raro, tiene dos), pelo ni muy corto ni muy largo.
Parece difícil imaginar una vida única e irrepetible detrás de estos lugares comunes de la estética oficinista. Sin embargo...
Basta que uno reafirme para sí la evidencia de su individualidad (de la propia y la de él) para empezar a ver detalles, resquicios de una vida que es propia.
La mirada hacia el otro tiene eso de injusto: cada uno tiende a pensarse único y a olvidar que los demás también lo son y creerlos sólo piezas de un mosaico más o menos homogéneo.
Pero volvamos a él.
Lo llaman. Mira quién es, y no atiende. Hay en este acto nimio una insinuación de un secreto que podría ser inconmensurable
¿Un llamado de la oficina? Negarse a atenderlo sería una reafirmación de que su vida, su vida propia, se inicia una vez que sube a este tren (o la delimitación es aun más caprichosa: una vez que el tren transcurre por la provincia; nos acercamos a Olivos), que ese tiempo de oficina, en donde empaña su yo en la uniformidad del bien vestir, es sólo una concesión a la sociedad, en aras de conseguir tiempo para su tiempo libertario.
O, quizás, algo más radical: lo llama alguien a quien debe una explicación dificil, una noticia dolorosa.
No es el tren el lugar para estas conversaciones, pensara. Es cierto, el anonimato del pasajero es muy frágil, se pierde muy fácilmente. Basta una palabra de más, un gesto fuerte o un sonido brusco para pasar a ser el objeto de docenas de ojos y oídos ociosos (lo llaman de vuelta, vuelve a mirar el teléfono; corta).
Secreto, cobardía o afirmación libertaria, cualquiera de estas opciones es plausible, es algo cercano a una explicación imaginaria (o no), pero que lo define como lo que parece querer ser.
Todo su aspecto muestra a quien sabe que hay que querer y como obtenerlo. Qué sea eso es el punto neurálgico, la cifra. El ser de él.
San Isidro; se baja. Lo pierdo de vista. Se diluye en la multitud. No porque tenga esta condición de precariedad, sino porque externamente es altamente fungible. Como muchos, como todos.

martes, 26 de junio de 2007

Inauguración

Llevar un blog tiene sus desafíos; no es fácil.
En especial la constancia. Los blogs tienen pretensión de eternidad, están pensados para no acabarse nunca.
Y aquí estoy, de nuevo, intentando y reintentando en este mundo blogueril, que no quiero abandonar pero que tanto me impone. Porque quien escribe un blog tiene que asumir, a ciencia cierta, de que su página será eterna. Nunca acabará.
Entonces, si esto es así, lo crucial será encontrar un tema que también cuente con esta condición; un tema que no se acabe nunca.
Hay quien escribe sobre fútbol u otro deporte (y eso no se acaba nunca), hay quien escribe sobre sí (y eso tampoco acaba nunca; o, al menos, cuando acabe ya no le importará su blog), hay quien escribe sobre nada en especial (y la nada también es infinita... aunque sea difícil mantenerse en ella), hay quien escribe sobre todo.
Mi problema es que de deportes conozco poco y sobre mí no hay demasiado que decir. Y la nada me abisma y el todo me asusta.
En estas cavilaciones andaba cuando, de improviso, me vino a la mente: voy a escribir sobre aquello que, a la vez, se repite eternamente y cambia día a día, voy a escribir sobre mi rutina.
Pues bien, me dije, ¿Cuál es mi rutina?. La de todos: levantarme a la mañana, venir a la oficina en tren, trabajar, volver a mi casa en tren, comer, dormir y vuelta a empezar.
Y repasando mentalmente esta lista me di cuenta de que una de estas, mis rutinas, tenía la curiosa persistencia de repetirse dos veces diarias: viajar en tren.
¿Pero que tiene el tren de “escribible”?. Pues todo.
Este viaje diario en tren, con ser idéntico todas las veces, es infinitamente cambiable.
El tren (siempre tener la paciencia de esperar el siguiente: seguro que está más vacío), el vagón (el último o anteúltimo: es el que tiene menos gente), se mueve en un paisaje que todos los días cambia. Y la gente que me acompaña es siempre distinta, otra.
Así, casi sin quererlo, tenía mi tema bloguero: los pasajeros, estas personas cuya rutina es igual a la mía pero, a la vez, tan distinta.
Tipos humanos. Todos infinitamente distintos entre sí, con sus propias historias, vivencias, tristezas, alegrías. Historias, vivencias y alegrías que tendré que imaginar, perfilar, inferir de sus caras, de cómo visten, de lo que leen, de lo que escuchan, de lo que hacen en esos cuarenta y cinco minutos en que impasible, transcurre el tren hasta Retiro.
Quizás si alguien alguna vez se encuentra con este blog, y ese alguien viaja en el mismo vagón que yo, se identifique en ese retrato del mes pasado o en aquel comentario de anterior. Si esto ocurre alguna vez, este blog tendrá sentido.