martes, 4 de diciembre de 2007

Martes, 4 de diciembre ¿9:00 horas?

Llegan los de la canasta; esos que venden productos de la panadería de no sé dónde.
Ella, desde ese tabique alto que tienen algunos vagones, le dice:
– Esperá, te voy a comprar.
Llama la atención su voz. El tono y el timbre: sereno, pausado; seguro. Me llama la atención porque no condice con su aspecto.
Es bastante joven, rubia de piel muy blanca, aspecto aniñada. Lleva una de esas trenzas con piedras de colores y un collar de plaza de artesanos. Dos mochilas y un montón de papeles en la mano; apuntes. Seguramente una universitaria.
Por eso, ese tono pausado pero terminante, le queda extraño.
Su aspecto es el de la chica alborotadora, de la palabra estridente y casi gritada, mal modulada y peor pensada.
Elige, con calma, unos bizcochos. Paga.
El vendedor se complica con el cambio, se lo ve confuso, e inicia una protesta. Ella lo mira (sin enojo, casi inexpresiva. Pasan unos segundos de silencio).
– A ver –le dice en tono profesoral, –¿yo cuanto te di?.
El chico contesta, e intenta una nueva protesta.
– ¿Cuanto sale lo que te compre? –lo interrumpe, sin perder (¡sin perderlo!) el tono.
Él, vuelve a pensar y responde algo ya más tranquilo
– Entonces está bien –concluye, sentenciosa.
–Bueno, yo ahora te voy a dar cincuenta centavos para que me devuelvas justo... ¿está bien?–
El chico asiente, ya dócil. Recibe la moneda y le devuelve el cambio
– Gracias, muchas gracias, señora; que tenga un buen día, señora.
Y pienso. Sí, es cierto: señora.
A pesar de su edad, de su cara casi adolescente, de su vestimenta: señora.
Es que algunas mujeres (muy pocas) nacen con ese don.Se imponen con tan poco como una frase atinada, el tono adecuado, la mirada justa. Y, ante ellas, no hay discusión.

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