Tienen sus métodos.
Y los hombres, inermes, caemos indefectiblemente.
Suben, los dos, en la misma estación (¿Martínez, Vicente López?). El tren, repleto, obliga a una proximidad mas allá de lo "adecuado".
Ella, pudorosa, pone su mochila para adelante; casta barrera para la conversación casi al oído.
Pero, graciosa paradoja, se levanta el pelo con una hebilla y deja al descubierto un cuello armonioso. Elegante, lo mira (él es bastante mas alto, casi le lleva una cabeza).
Él, más o menos de la misma edad. Vestido de “casual friday”; camisa rosa (algo gastada), pantalón pinzado. La mira (distraído en acomodarse entre la gente no advirtió la mise en scene de la mochila y la hebillar) y parpadea. Incómodo, traga, mueve la cabeza, sonríe, frunce el ceño, traga de nuevo. Empieza rápido, incontenible, una verborrea sobre cualquier cosa; lo primero que le vino a la mente, me imagino. Porque, ¿qué puede importarle a ella los beneficios de la banda ancha y la navegación con el celular?. Y, en efecto, ella contesta con desgano, casi con displicencia (y con lógica lapidaria)
-¿para qué la quiero?... yo no la usaría
Él se desarma, literalmente. Abre la boca, se encorva, traga (otra vez traga) y la mira, suplicante y desolado. Con una frase acaba de destruir su esperanza de una conversación sostenida hasta destino.
Entregado, se pone de costado, mirando a la ventana. Silencio.
Ella se impacienta, hace una pregunta (no alcanzo a escucharla). Él contesta, monosilábico. Ella intenta otra; misma reacción.
Finalmente, estación Belgrano.
Ella dice -chau. Nada más. Pero se pone en puntas de pie y le da un casto beso de despedida.
Él parece, entonces, reaccionar. Pero es tarde.
Ya se ha bajado.
Y los hombres, inermes, caemos indefectiblemente.
Suben, los dos, en la misma estación (¿Martínez, Vicente López?). El tren, repleto, obliga a una proximidad mas allá de lo "adecuado".
Ella, pudorosa, pone su mochila para adelante; casta barrera para la conversación casi al oído.
Pero, graciosa paradoja, se levanta el pelo con una hebilla y deja al descubierto un cuello armonioso. Elegante, lo mira (él es bastante mas alto, casi le lleva una cabeza).
Él, más o menos de la misma edad. Vestido de “casual friday”; camisa rosa (algo gastada), pantalón pinzado. La mira (distraído en acomodarse entre la gente no advirtió la mise en scene de la mochila y la hebillar) y parpadea. Incómodo, traga, mueve la cabeza, sonríe, frunce el ceño, traga de nuevo. Empieza rápido, incontenible, una verborrea sobre cualquier cosa; lo primero que le vino a la mente, me imagino. Porque, ¿qué puede importarle a ella los beneficios de la banda ancha y la navegación con el celular?. Y, en efecto, ella contesta con desgano, casi con displicencia (y con lógica lapidaria)
-¿para qué la quiero?... yo no la usaría
Él se desarma, literalmente. Abre la boca, se encorva, traga (otra vez traga) y la mira, suplicante y desolado. Con una frase acaba de destruir su esperanza de una conversación sostenida hasta destino.
Entregado, se pone de costado, mirando a la ventana. Silencio.
Ella se impacienta, hace una pregunta (no alcanzo a escucharla). Él contesta, monosilábico. Ella intenta otra; misma reacción.
Finalmente, estación Belgrano.
Ella dice -chau. Nada más. Pero se pone en puntas de pie y le da un casto beso de despedida.
Él parece, entonces, reaccionar. Pero es tarde.
Ya se ha bajado.
