viernes, 30 de noviembre de 2007

Viernes 30 - 8.30hs

Tienen sus métodos.
Y los hombres, inermes, caemos indefectiblemente.
Suben, los dos, en la misma estación (¿Martínez, Vicente López?). El tren, repleto, obliga a una proximidad mas allá de lo "adecuado".
Ella, pudorosa, pone su mochila para adelante; casta barrera para la conversación casi al oído.
Pero, graciosa paradoja, se levanta el pelo con una hebilla y deja al descubierto un cuello armonioso. Elegante, lo mira (él es bastante mas alto, casi le lleva una cabeza).
Él, más o menos de la misma edad. Vestido de “casual friday”; camisa rosa (algo gastada), pantalón pinzado. La mira (distraído en acomodarse entre la gente no advirtió la mise en scene de la mochila y la hebillar) y parpadea. Incómodo, traga, mueve la cabeza, sonríe, frunce el ceño, traga de nuevo. Empieza rápido, incontenible, una verborrea sobre cualquier cosa; lo primero que le vino a la mente, me imagino. Porque, ¿qué puede importarle a ella los beneficios de la banda ancha y la navegación con el celular?. Y, en efecto, ella contesta con desgano, casi con displicencia (y con lógica lapidaria)
-¿para qué la quiero?... yo no la usaría
Él se desarma, literalmente. Abre la boca, se encorva, traga (otra vez traga) y la mira, suplicante y desolado. Con una frase acaba de destruir su esperanza de una conversación sostenida hasta destino.
Entregado, se pone de costado, mirando a la ventana. Silencio.
Ella se impacienta, hace una pregunta (no alcanzo a escucharla). Él contesta, monosilábico. Ella intenta otra; misma reacción.
Finalmente, estación Belgrano.
Ella dice -chau. Nada más. Pero se pone en puntas de pie y le da un casto beso de despedida.
Él parece, entonces, reaccionar. Pero es tarde.
Ya se ha bajado.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Miércoles 28, 18 horas, aprox.

Mas bien petiso, cara angulosa. Vestido con descuido, casi de casualidad; oficinista por azar.
Saco azul gastado, pantalón gris, camisa blanca seguramente de mala calidad (¿tendrá bolsillos?), sin corbata. Un viejo portafolio azul con la inscripción "Microsoft" (pero no parece un informático). Pelo corto, algunas canas.
Nada trascendente. Salvo porque está parado de cara a la puerta (no a la que se abrirá en la estación, a la de enfrente) y apoya las puntas de los dedos contra el vidrio. Presiona, empuja, apuntala todo su cuerpo (flaco, esmirriado) contra las yemas de los dedos.
Mira; ávido. No intenta seguir con los ojos los objetos que pasan. Tan solo mira, fijo, el "afuera".
Parece ansiar ese afuera, ese lugar donde las cosas viven, tienen movimiento (corren escapándose de los trenes). Una única mirada anhelosa que, junto con esa presión de los dedos, parecen insinuar una esperanza de fuga, de sustraerse de este vagón inmóvil, impertérrito ante el afuera que escapa.
Lo veo: no soporta esta quietud bamboleante del tren.
En Belgrano no lo resiste mas (al menos, eso parece), se da vuelta y sale por la puerta que se abre; hacia el afuera, hacia la vida en movimiento.
Y a mí todavía me quedan mas de media docena de estaciones...
Toco el cristal con los dedos.

Martes 27, circa 20hs.

Tan evidentemente prototípico. Saco gris oscuro a rayas, impecable camisa blanca, alguna corbata celeste (¿porque ésta tendrá canguros?: recuerdo de un viaje a Australia, una predilección por estos animales; o solo imposiciones de la estética), celular última generación (raro, tiene dos), pelo ni muy corto ni muy largo.
Parece difícil imaginar una vida única e irrepetible detrás de estos lugares comunes de la estética oficinista. Sin embargo...
Basta que uno reafirme para sí la evidencia de su individualidad (de la propia y la de él) para empezar a ver detalles, resquicios de una vida que es propia.
La mirada hacia el otro tiene eso de injusto: cada uno tiende a pensarse único y a olvidar que los demás también lo son y creerlos sólo piezas de un mosaico más o menos homogéneo.
Pero volvamos a él.
Lo llaman. Mira quién es, y no atiende. Hay en este acto nimio una insinuación de un secreto que podría ser inconmensurable
¿Un llamado de la oficina? Negarse a atenderlo sería una reafirmación de que su vida, su vida propia, se inicia una vez que sube a este tren (o la delimitación es aun más caprichosa: una vez que el tren transcurre por la provincia; nos acercamos a Olivos), que ese tiempo de oficina, en donde empaña su yo en la uniformidad del bien vestir, es sólo una concesión a la sociedad, en aras de conseguir tiempo para su tiempo libertario.
O, quizás, algo más radical: lo llama alguien a quien debe una explicación dificil, una noticia dolorosa.
No es el tren el lugar para estas conversaciones, pensara. Es cierto, el anonimato del pasajero es muy frágil, se pierde muy fácilmente. Basta una palabra de más, un gesto fuerte o un sonido brusco para pasar a ser el objeto de docenas de ojos y oídos ociosos (lo llaman de vuelta, vuelve a mirar el teléfono; corta).
Secreto, cobardía o afirmación libertaria, cualquiera de estas opciones es plausible, es algo cercano a una explicación imaginaria (o no), pero que lo define como lo que parece querer ser.
Todo su aspecto muestra a quien sabe que hay que querer y como obtenerlo. Qué sea eso es el punto neurálgico, la cifra. El ser de él.
San Isidro; se baja. Lo pierdo de vista. Se diluye en la multitud. No porque tenga esta condición de precariedad, sino porque externamente es altamente fungible. Como muchos, como todos.