lunes, 21 de septiembre de 2009

Día del estudiante y ética pasajeril

Según una categoría peculiar que podríamos llamar la "ética del pasajero de transporte público" es perfectamente aceptable pisotear a otro en las horas pico. Es una práctica corriente y para nada repudiable empujar a esa anciana que apenas puede tenerse en pie para entrar primero al tren. No provoca ni siquiera una mirada de reproche que si alguien se arroje a un asiento que acaba de quedar libre empujando, en el trayecto, a esa embarazada primeriza aterrorizada.

Nada de que arrepentirse, oiga.

Es un tren, somos muchos y hay que arreglarse para viajar lo más cómodo posible. Cada uno a sus asuntos.

Pero, eso sí: hay ciertas acciones que son inaceptables.

En un tren, escuche bien, es absolutamente inadmisible hacer ruido.
No es que se exija un silencio absoluto, claro. Basta con un silencio relativo.
Según estas reglas no escritas, está permitido hablar por teléfono pero sin levantar demasiado la voz. O escuchar música pero sin que el volumen de los auricularessuba hasta ese tono en que se escucha el chillido de la música apagada. Las conversaciones están, por supuesto, admitidas pero es inaceptable reír más allá de ciertos decibeles.

Por eso hoy es uno de los peores días para el pasajero.

No porque los adolescentes que invaden el tren para ir (y volver) del Día del Estudiante sean muchos y haya que viajar como ganado. Eso está admitido por la ética pasajeril.
Lo inaceptable, lo inadmisible, es el desparpajo típico de los estudiantes.
Y que estas reglas no escritas existen y cualquier violación de ellas (involuntaria, por cierto: qué saben estos mocosos del "deber ser" del pasajero suburbano) provocan el espontáneo clamor de justicia y castigo, se puede ver claramente hoy.
Todos esos sumisos oficinistas, introvertidas empleadas y distantes universitarios que no dudarían un segundo en atropellar al prójimo por un asiento libre, se alzan furiosos pidiendo la cabeza de aquél adolescente que habla a los gritos con su amigo del otro extremo del vagón, de esas tres "nenitas" que cantan a voz en cuello alguna melodía de moda o de esos que se ríen a los gritos de vaya uno a saber de qué.

Apretados, sí... pero en silencio.

Faltaba más.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Retiro, circa 6 p.m.

Hace rato que los veo y siempre, cada vez, me surge la misma pregunta ¿a qué se dedicarán?.

Hay varias maneras de -con un poco de observación- darse cuenta si dos personas son hermanos. Cuando son iguales o cuando son distintos; pero a condición de que sean parecidamente distintos.
Esto último es bastante difícil de explicar; es algo que se percibe (como decía San Agustín: cuando no me lo preguntan, lo sé; pero si me lo preguntan ya no lo sé). La única explicación que se me ocurre es lingüística: son parecidos como lo son los antónimos.
A ver...
La palabra "blanco" no tiene ninguna relación con, por ejemplo, "cangrejo" y sí la tiene con "negro". Sin embargo, blanco y negro significan exactamente lo contrario. En cierto sentido, hay más distancia entre blanco y negro que entre negro y cangrejo.
Así son, a veces, parecidos los hermanos. Son tan distintos que se parecen. Como dos gotas de agua.
Y así son estos (sí, definitivamente son hermanos).
Uno alto, muy alto, y flaco. Siempre bien vestido, de traje. Barba prolijamente recortada y pelo más bien largo, peinado con cuidado.
El otro petiso, gordo. Siempre de camisa y pantalón descolorido. Barba candado y pelado. De esos que no se resignan a una calvicie inminente en la que se arremolinan los últimos cabellos disidentes.
Siempre están juntos, no recuerdo haber visto a uno sin el otro. Tiene que trabajar juntos.
Pero ¿de qué?.
Y esta pregunta se me aparece, recurrente, cada vez que los cruzo.
¿Abogados?. Podría serlo el alto, el otro no.
¿Informáticos?. El petiso, casi sin lugar a dudas. Pero el alto, imposible.
¿Médicos? (tienen un clínica dedicada a algo muy específico; diagnósticos por imágenes, por ejemplo)... Sí: el alto tiene esa seguridad típica de los médicos. Pero el petiso ni por asomo.
¿Comerciantes? mmm... ¿de qué? Uno podría vender piezas industriales o zapatos, pero el otro sólo muebles de oficina o teléfonos celulares.
Así me debato durante no sé cuántas estaciones (nota mental: tengo que fijarme dónde se bajan, y si lo hacen en la misma estación). Y nada. Ni una pista.
Me queda imaginarme alguna ocupación extravagante. De esas que permiten unir semejantes diferencias.
Por ejemplo, podrían ser vendedores de antigüedades.
El petiso sería el experto, de esos que recorren los lugares más inverosímiles para encontrar una silla Luis XV o un armario estilo Imperio, mientras que el trajeado atiende a las clientas, señoras de Barrio Norte de mirada indiferente envueltas en pieles.
O revendedores de libros antiguos.
En ese caso sería el alto quien durante todo el día visita antiguas bibliotecas de familias de apellidos rancios y sabiduría olvidada, para encontrar aquel ejemplar decimonónico del Quijote una primera edición de El Aleph, mientras el calvo se sienta, paciente, entre montañas de libros polvorientos, esperando a sus clientes habituales. Esa extraña especie humana de los llamados bibliófilos, que no aman lo que enseñan los libros sino a los libros mismos.
A fin de cuentas, espero nunca averiguar qué es lo que realmente hacen.
Estoy seguro que me llevaría una desilusión.