Flaca, muy flaca. Vestida con cierta particularidad: camisa de un decidido verde, cerrada hasta el ultimo botón (el cuello y la cabeza parece flotar dentro de ella), pantalón escocés gris y rojo, una cinta atada en la coronilla que le sostiene los cabellos (castaño oscuro) casi con descuido. Anteojos rectangulares en una cara armónica, en donde lo que más resaltan son los labios, casi perfectos en color, forma y contextura.
Sentada, de costado y en cuclillas en uno de los tabiques bajos del vagón (me siento al lado y se contrae un poco para no tocarme). Linda, No esa belleza exuberante o distante tan al gusto de hoy (y podrías haberlo sido) sino de otro estilo; más... intelectual.
Sí, eso es lo que parece. Porque más allá de lo que vengo diciendo, no advierto nada que pueda decirme algo de ella. No lee, lo escucha música, no juega con el celular (¿tendrá celular?). No hace nada más que mirar.
Pero no es esa mirada vacuna y vacía que se ve tantas veces. Del que no lee jamás, no tiene mp3 y el celular se le ha quedado sin baterías. Esa mirada estúpida y a la vez sorprendida de quien lo han dejado a solas consigo mismo, y no sabe qué hacer, de qué platicar con su propio yo. De quien no sabe quién es.
Todo lo contrario. Verla a ella no hacer nada es comprender, un poco, qué significaba la palabra “ocio” para los griegos. Ese descanso intelectualmente activo, lleno de vida interior, henchido de introspección fructífera, pleno del vivaz contacto con lo que nos rodea.
No hace nada pero mira (no ve: mira).
Lee el título de libro que llevo en la mano y me mira; llegamos a las estaciones y mira, estudia a las personas que entran, se mira las manos y piensa.
Sí, eso es: piensa.
Sentada, de costado y en cuclillas en uno de los tabiques bajos del vagón (me siento al lado y se contrae un poco para no tocarme). Linda, No esa belleza exuberante o distante tan al gusto de hoy (y podrías haberlo sido) sino de otro estilo; más... intelectual.
Sí, eso es lo que parece. Porque más allá de lo que vengo diciendo, no advierto nada que pueda decirme algo de ella. No lee, lo escucha música, no juega con el celular (¿tendrá celular?). No hace nada más que mirar.
Pero no es esa mirada vacuna y vacía que se ve tantas veces. Del que no lee jamás, no tiene mp3 y el celular se le ha quedado sin baterías. Esa mirada estúpida y a la vez sorprendida de quien lo han dejado a solas consigo mismo, y no sabe qué hacer, de qué platicar con su propio yo. De quien no sabe quién es.
Todo lo contrario. Verla a ella no hacer nada es comprender, un poco, qué significaba la palabra “ocio” para los griegos. Ese descanso intelectualmente activo, lleno de vida interior, henchido de introspección fructífera, pleno del vivaz contacto con lo que nos rodea.
No hace nada pero mira (no ve: mira).
Lee el título de libro que llevo en la mano y me mira; llegamos a las estaciones y mira, estudia a las personas que entran, se mira las manos y piensa.
Sí, eso es: piensa.
