Tan evidentemente prototípico. Saco gris oscuro a rayas, impecable camisa blanca, alguna corbata celeste (¿porque ésta tendrá canguros?: recuerdo de un viaje a Australia, una predilección por estos animales; o solo imposiciones de la estética), celular última generación (raro, tiene dos), pelo ni muy corto ni muy largo.
Parece difícil imaginar una vida única e irrepetible detrás de estos lugares comunes de la estética oficinista. Sin embargo...
Basta que uno reafirme para sí la evidencia de su individualidad (de la propia y la de él) para empezar a ver detalles, resquicios de una vida que es propia.
La mirada hacia el otro tiene eso de injusto: cada uno tiende a pensarse único y a olvidar que los demás también lo son y creerlos sólo piezas de un mosaico más o menos homogéneo.
Pero volvamos a él.
Lo llaman. Mira quién es, y no atiende. Hay en este acto nimio una insinuación de un secreto que podría ser inconmensurable
¿Un llamado de la oficina? Negarse a atenderlo sería una reafirmación de que su vida, su vida propia, se inicia una vez que sube a este tren (o la delimitación es aun más caprichosa: una vez que el tren transcurre por la provincia; nos acercamos a Olivos), que ese tiempo de oficina, en donde empaña su yo en la uniformidad del bien vestir, es sólo una concesión a la sociedad, en aras de conseguir tiempo para su tiempo libertario.
O, quizás, algo más radical: lo llama alguien a quien debe una explicación dificil, una noticia dolorosa.
No es el tren el lugar para estas conversaciones, pensara. Es cierto, el anonimato del pasajero es muy frágil, se pierde muy fácilmente. Basta una palabra de más, un gesto fuerte o un sonido brusco para pasar a ser el objeto de docenas de ojos y oídos ociosos (lo llaman de vuelta, vuelve a mirar el teléfono; corta).
Secreto, cobardía o afirmación libertaria, cualquiera de estas opciones es plausible, es algo cercano a una explicación imaginaria (o no), pero que lo define como lo que parece querer ser.
Todo su aspecto muestra a quien sabe que hay que querer y como obtenerlo. Qué sea eso es el punto neurálgico, la cifra. El ser de él.
San Isidro; se baja. Lo pierdo de vista. Se diluye en la multitud. No porque tenga esta condición de precariedad, sino porque externamente es altamente fungible. Como muchos, como todos.
Parece difícil imaginar una vida única e irrepetible detrás de estos lugares comunes de la estética oficinista. Sin embargo...
Basta que uno reafirme para sí la evidencia de su individualidad (de la propia y la de él) para empezar a ver detalles, resquicios de una vida que es propia.
La mirada hacia el otro tiene eso de injusto: cada uno tiende a pensarse único y a olvidar que los demás también lo son y creerlos sólo piezas de un mosaico más o menos homogéneo.
Pero volvamos a él.
Lo llaman. Mira quién es, y no atiende. Hay en este acto nimio una insinuación de un secreto que podría ser inconmensurable
¿Un llamado de la oficina? Negarse a atenderlo sería una reafirmación de que su vida, su vida propia, se inicia una vez que sube a este tren (o la delimitación es aun más caprichosa: una vez que el tren transcurre por la provincia; nos acercamos a Olivos), que ese tiempo de oficina, en donde empaña su yo en la uniformidad del bien vestir, es sólo una concesión a la sociedad, en aras de conseguir tiempo para su tiempo libertario.
O, quizás, algo más radical: lo llama alguien a quien debe una explicación dificil, una noticia dolorosa.
No es el tren el lugar para estas conversaciones, pensara. Es cierto, el anonimato del pasajero es muy frágil, se pierde muy fácilmente. Basta una palabra de más, un gesto fuerte o un sonido brusco para pasar a ser el objeto de docenas de ojos y oídos ociosos (lo llaman de vuelta, vuelve a mirar el teléfono; corta).
Secreto, cobardía o afirmación libertaria, cualquiera de estas opciones es plausible, es algo cercano a una explicación imaginaria (o no), pero que lo define como lo que parece querer ser.
Todo su aspecto muestra a quien sabe que hay que querer y como obtenerlo. Qué sea eso es el punto neurálgico, la cifra. El ser de él.
San Isidro; se baja. Lo pierdo de vista. Se diluye en la multitud. No porque tenga esta condición de precariedad, sino porque externamente es altamente fungible. Como muchos, como todos.

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