Llevar un blog tiene sus desafíos; no es fácil.
En especial la constancia. Los blogs tienen pretensión de eternidad, están pensados para no acabarse nunca.
Y aquí estoy, de nuevo, intentando y reintentando en este mundo blogueril, que no quiero abandonar pero que tanto me impone. Porque quien escribe un blog tiene que asumir, a ciencia cierta, de que su página será eterna. Nunca acabará.
Entonces, si esto es así, lo crucial será encontrar un tema que también cuente con esta condición; un tema que no se acabe nunca.
Hay quien escribe sobre fútbol u otro deporte (y eso no se acaba nunca), hay quien escribe sobre sí (y eso tampoco acaba nunca; o, al menos, cuando acabe ya no le importará su blog), hay quien escribe sobre nada en especial (y la nada también es infinita... aunque sea difícil mantenerse en ella), hay quien escribe sobre todo.
Mi problema es que de deportes conozco poco y sobre mí no hay demasiado que decir. Y la nada me abisma y el todo me asusta.
En estas cavilaciones andaba cuando, de improviso, me vino a la mente: voy a escribir sobre aquello que, a la vez, se repite eternamente y cambia día a día, voy a escribir sobre mi rutina.
Pues bien, me dije, ¿Cuál es mi rutina?. La de todos: levantarme a la mañana, venir a la oficina en tren, trabajar, volver a mi casa en tren, comer, dormir y vuelta a empezar.
Y repasando mentalmente esta lista me di cuenta de que una de estas, mis rutinas, tenía la curiosa persistencia de repetirse dos veces diarias: viajar en tren.
¿Pero que tiene el tren de “escribible”?. Pues todo.
Este viaje diario en tren, con ser idéntico todas las veces, es infinitamente cambiable.
El tren (siempre tener la paciencia de esperar el siguiente: seguro que está más vacío), el vagón (el último o anteúltimo: es el que tiene menos gente), se mueve en un paisaje que todos los días cambia. Y la gente que me acompaña es siempre distinta, otra.
Así, casi sin quererlo, tenía mi tema bloguero: los pasajeros, estas personas cuya rutina es igual a la mía pero, a la vez, tan distinta.
Tipos humanos. Todos infinitamente distintos entre sí, con sus propias historias, vivencias, tristezas, alegrías. Historias, vivencias y alegrías que tendré que imaginar, perfilar, inferir de sus caras, de cómo visten, de lo que leen, de lo que escuchan, de lo que hacen en esos cuarenta y cinco minutos en que impasible, transcurre el tren hasta Retiro.
En especial la constancia. Los blogs tienen pretensión de eternidad, están pensados para no acabarse nunca.
Y aquí estoy, de nuevo, intentando y reintentando en este mundo blogueril, que no quiero abandonar pero que tanto me impone. Porque quien escribe un blog tiene que asumir, a ciencia cierta, de que su página será eterna. Nunca acabará.
Entonces, si esto es así, lo crucial será encontrar un tema que también cuente con esta condición; un tema que no se acabe nunca.
Hay quien escribe sobre fútbol u otro deporte (y eso no se acaba nunca), hay quien escribe sobre sí (y eso tampoco acaba nunca; o, al menos, cuando acabe ya no le importará su blog), hay quien escribe sobre nada en especial (y la nada también es infinita... aunque sea difícil mantenerse en ella), hay quien escribe sobre todo.
Mi problema es que de deportes conozco poco y sobre mí no hay demasiado que decir. Y la nada me abisma y el todo me asusta.
En estas cavilaciones andaba cuando, de improviso, me vino a la mente: voy a escribir sobre aquello que, a la vez, se repite eternamente y cambia día a día, voy a escribir sobre mi rutina.
Pues bien, me dije, ¿Cuál es mi rutina?. La de todos: levantarme a la mañana, venir a la oficina en tren, trabajar, volver a mi casa en tren, comer, dormir y vuelta a empezar.
Y repasando mentalmente esta lista me di cuenta de que una de estas, mis rutinas, tenía la curiosa persistencia de repetirse dos veces diarias: viajar en tren.
¿Pero que tiene el tren de “escribible”?. Pues todo.
Este viaje diario en tren, con ser idéntico todas las veces, es infinitamente cambiable.
El tren (siempre tener la paciencia de esperar el siguiente: seguro que está más vacío), el vagón (el último o anteúltimo: es el que tiene menos gente), se mueve en un paisaje que todos los días cambia. Y la gente que me acompaña es siempre distinta, otra.
Así, casi sin quererlo, tenía mi tema bloguero: los pasajeros, estas personas cuya rutina es igual a la mía pero, a la vez, tan distinta.
Tipos humanos. Todos infinitamente distintos entre sí, con sus propias historias, vivencias, tristezas, alegrías. Historias, vivencias y alegrías que tendré que imaginar, perfilar, inferir de sus caras, de cómo visten, de lo que leen, de lo que escuchan, de lo que hacen en esos cuarenta y cinco minutos en que impasible, transcurre el tren hasta Retiro.
Quizás si alguien alguna vez se encuentra con este blog, y ese alguien viaja en el mismo vagón que yo, se identifique en ese retrato del mes pasado o en aquel comentario de anterior. Si esto ocurre alguna vez, este blog tendrá sentido.

1 comentario:
el genial Chomsky dijo que los trenes son las grandes bibliotecas modernas...
quizás también son los teatros modernos... las modernas torres de babel... las nuevas arcas de noe...
no?
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